La Generación Stick- Fix

¿Hippies? ¿Beatniks? ¿Yuppies? ¿Frikis? Es entrete catalogar a tantas generaciones, con sus tribus icónicas,  que imaginamos enmarcadas como en esas diapositivas antiguas que giraban en nuestros visores de juguete del siglo pasado. Pero es aún más vasto y heterogéneo hoy en día. Asomándonos a la calle, vemos por doquier una mixtura de personajes, desde vociferantes sesentañeras con sus Leggins rosa fosforescente a taciturnos jóvenes con camisas vintage, leyendo novelas clásicas.

Bacán la diversidad, que trasciende edades, tradiciones y estereotipos en Chile ¿Pero qué nos une, siendo tan diferentes unos de otros? ¿Habrá un patrón común, un punto de encuentro?¿Las pichangas de la Roja, la Teletón, el desprecio a los políticos? Quizás, pero la lámina más repetida es el consumismo. El stick-fix generacional. Barato, accesible, rápido. Un vicio que hicimos parte de la rutina democrática. Ubicuo, desde el Ciber Lunes al Viernes Negro todos gritando, sufriendo, aguantando. Los finde de paseo… al mall. Más vitrinear y, mientras el plástico aguante, comprar.

¿Eres un universitario pajero? Da igual, te habrás echado todos tus ramos, pero tu crédito está preaprobado. Mientras seas mayor de edad ¿Eres un viejo huraño con pensión de 100 lucas, pero igual quieres impresionar como en tus años mozos? Algún usurero estará a tu servicio. Mientras tengas pulso… Así quedamos en un 68% de hogares endeudados. Nuestro modelo lo permite e incentiva.

Lo comprendo. No es sencillo evadir los estímulos. Luminosos plasmas irradian ofertones de veloces autos, hermosas casas, depuradas isapres, rebosantes farmacias. Esa es la vida en cómodas cuotas que se nos ofrece. Choose life, decía Renton en Trainspotting. El rebelde, el flojo y el escéptico recurren a la drogas blandas y duras para evitar decidir. Diazepam y a dormir. Tampoco es solución.

¿Será malo comprar, darse un gusto? No necesariamente, pero ya somos el segundo país más individualista después de USA, según un reconocido estudio británico. Oh, dear! Nos cacharon po’ compadre. In fraganti. Si ya aparte de nuestros brillantes iPhones, nos miramos poco y nada las caras. En especial nuestros propios rostros acongojados, nostálgicos de esa magia de la palmada amiga en la espalda, la valiente palabra empeñada, la optimista mirada cómplice directo a los ojos. Ahora, predomina el desapego. A lo nuestro, a los nuestros.

Ya no basta el stick-fix. Hora de rellenar la brecha. Hay que sembrar de nuevo en nuestras erosionadas plazas, parques, vecindarios. Cultivar la vida misma de nuestras comunidades, árboles autóctonos de raíces profundas, de robusto tronco milenario, de ramas extensas que se extienden con perseverancia e ingenio hacia la luz, para rendir esos frutos raros, atípicos, dismórficos que somos todos. Debemos reconsiderar. Para esto no existe Mastercard.

*Columna de Javier Lastra en Revista Ruda 17 (28-12-2017)

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