Las capas del antihéroe en Chile

El 17 de Noviembre, nuestro amado Netflix estrenó The Punisher serie de Marvel en la cual un veterano de guerra, tras el asesinato de su familia, busca la venganza con toda la violencia necesaria. Fin de spoilers. Justo en el clavo dio esta serie de acción, frente a las huestes de televidentes afectados por esa creciente percepción de inseguridad en  Chile y el resto del planeta que ha degradado el respeto a nuestras autoridades oficiales. Ya parece casi un requisito que los protagonistas ejerzan su poder con toda la severidad posible para buscar justicia con o sin el apoyo de la ley.

Amamos a los antihéroes, porque podemos identificarnos con ellos. Son pifiados, pero porfiados… como nosotros. Como Deadpool, Sancho Panza o Tyrion Lannister. Los antihéroes son esos personajes que carecen de las características de perfección del héroe tradicional.  Así que por estos lares no hay que devanarse tanto los sesos para encontrar algunos de carne y hueso, esos aventureros de lo más bajo de la escala social y moral, pero que interpretaron un rol heroico trascendental en nuestro país. Por eso voy a guiarlos por la historia de uno de los más infames  protagonistas de la independencia de Chile que quizás nunca tendrá avenida, universidad, ni siquiera un bar con su nombre, pero que merece ser recordado.

No me crean a mí. El historiador René León Echaíz lo relató con detalle. Si me lo permiten partiré por el final,  “Frente al pelotón de fusileros, y antes de que se le vendara la vista, paseó por los concurrentes su sombría mirada. Fue el último destello de su odio y de su resentimiento. Acribillado por las balas, cayó pesadamente en medio de un charco de sangre”. Así fueron, según el autor, los últimos instantes de vida de José Miguel Neira quien vivió en Talca el violento desenlace de tantos ruines criminales ¿Cuál es la diferencia con el resto? Que solo semanas antes en la misma Ciudad del trueno llegó con el ejército libertador este bandido con grado de Coronel de milicias, en compañía de quien sería su verdugo, Ramón Freire. ¿WTF? ¿Qué pasó entre medio? ¿Qué clase de monstruo había sido ese bandolero? Por eso les invito a revisar en estas líneas, las tres capas de un verdadero antihéroe nacional. .

BANDIDO NEIRA

 

 

Portada de El Bandido Neira por René León Echaiz (1965)

 

 

 

 

 

La capa exterior es la de la fama, del talento y la admiración. Vivos o muertos” decía un aviso desplegado por las villas de Rancagua, Rengo, San Fernando, Chimbarongo y Talca.  Se buscaban a los célebres Manuel Rodríguez y José Miguel Neira, bandoleros. “1000 pesos por cada uno” e “indulto por cualquier delito, aunque hayan sido los más atroces”. Aquella era la jugosa recompensa prometida en noviembre de 1816 por un  nervioso Casimiro Marcó del Pont, fino y perfumado gobernador de la Corona española. Pero nadie delató a los acusados. Así el paradero de los guerrilleros independistas fue muy difícil de rastrear. Del Pont estaba colérico. A Neira se le había dado el grado de coronel de milicias, otorgado por José de San Martín a través de un documento oficial que el rústico Neira no supo siquiera leer. Junto a un camaleónico Manuel Rodríguez, la banda de los neirinos, conformada también por reconocidos malvivientes como Sebastián Gacitúa, Eugenio Mondaca y Pedro Rojas fue la pesadilla del apesadumbrado gobernador que se daba de cabezazos contra la pared. Esa capa de la popularidad es la más distintiva, notoria y entretenida. Pero es solo superficial. Continuemos indagando.

En otra época los salteos de los bandidos eran fáciles de perpetrar por la falta de vigilancia del gobierno colonial. A veces uno que otro hacendado se quejaba, pero no podían enviarse más tropas para proteger la zona entre el Mapocho y el Maule. Sin embargo, durante la guerra de independencia era todo sangre y fuego en ese sector. Ahora se trataba de guerrilleros. El coronel don Antonio Quintanilla no mostraba resultados para la Corona. Las carrozas de correos eran asaltadas, las haciendas realistas robadas, las pequeñas patrullas de soldados se dispersaban. Disparando sus chocos (pistolas) y blandiendo hábilmente el corvo (cuchillo), Neira y sus hombres eran tan terribles como eficaces.

Eso sí, no era fácil para los libertadores controlar a estos mercenarios. De repente no podían evitar asaltar a algunos hacendados patriotas. Era la capa de la ambición, que satisfacían con hurtos para solventar sus adictivos vicios. Prueba de ello fue entregada por Neira en una improvisada reunión solicitada por Freire, días antes de ser fusilado nuestro popular malhechor. “Ya lo sabe Coronel Neira. Si hay un nuevo salteo, el Consejo de Guerra será inexorable” le advirtió el comandante. Neira alzó los hombros y con una sonrisa amarga le respondió  “José Miguel Neira no puede vivir sin saltear”. Soberbio. Solo le faltó botar el micrófono, al tiempo que se volvía a su montura para ir de nuevo a la carga, en compañía de su fresco caballo y moderno fusil regalados por los mismos patriotas, con el reluciente corvo sobresaliendo del poncho, dispuesto a mantenerse fiel a sus interminables apetitos.

 

foto vinos neira 2

 

 

 

Vinos Bandido Neira, uno de los pocos testimonios actuales de las andanzas del antihéroe, legado protegido por la familia Neira González.

 

 

 

 

 

“Era un resentido; y como tal actuó en todas las etapas de su existencia. Fue resentido con su hogar, con la región en la cual nació y actuó, con sus patrones, con las autoridades realistas, con los patriotas. Su resentimiento tuvo, así, fuentes permanentes de sustentación. Se le infiltró de niño, con la crueldad y maltrato de sus padres, de patrones y de mayordomos; y fue alimentado después por la persecución de las autoridades realistas y patriotas.” decía Echaiz. ¿Les suena conocido? La capa más profunda, la del resentimiento, ese reflejo defensivo que desarrollan, por ejemplo, los cabros del Sename, como todos los pobres bastardos que tienen que buscar su propio ejército libertador a base de pasta, cogoteos y mexicanas. El resentimiento, la ofuscación, la rabia. Es la capa más apegada a la piel del antihéroe.

Quienes han crecido entre verdaderos horrores y tratan de hacer un bien en este mundo se enfrentan con una triste verdad. Todo es más lento, pesado y duro si se sigue a la ley, que parece proteger solo a los poderosos de siempre. Nuestro retorcido protagonista veía en Freire la personificación del ascenso de nuevos patrones, como los del fundo de Cumpeo donde pasó sus primeros años, sorbiendo sus mocos y miserias infantiles que lo convirtieron en un forajido desalmado, pero útil para una causa auspiciada por los mismos tiranos de los cuales pretendía liberarse. Desde la cuna al ataúd nuestro sistema corroe los fundamentos de la democracia republicana que pretendió instituir. Capa por capa. Cuota por cuota. Así culminaron las vidas  de los miembros de la banda de Neira, apresados después de la muerte de su jefe en un epílogo digno de película de la mafia, ejecutados uno a uno conforme se alzaba la denominada Patria Nueva.

Ya desnudada la esencia del antihéroe nacional podemos ver que, entre la pura cordillera andina y el revuelto mar pacífico,  cavamos a costa del sufrimiento de la desventurada mayoría una zanja larga y angosta de bandidaje y pillería llamada Chile. Un perpetuo western, digno de Zane Grey, Sergio Leone, Clint Eastwood. Un auténtico purgatorio, donde el antihéroe se sabe expresamente juzgado con una balanza entre el abrazo del ángel y las garras del demonio. En un constante estado de irredención como lo llamaba Baldomero Lillo. Quizás ese es el núcleo, escondido bajo tanta capa ¿Le importará al antihéroe? Probablemente no. Pero a nosotros sí. Porque tenemos todos un poco de de bastardo, de guerrillero, de bandido. Necesitamos encontrar el brillo de belleza y heroísmo entre todo ese desastre.  Nuestros antihéroes no sólo están para quedarse, sino que siempre han existido aquí. Debemos vivir con ello, y hasta disfrutarlo si podemos.

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